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Sidney Lumet y la ética como último territorio humano


El crítico Luis Alberto Zas entrega la segunda parte de su análisis sobre la obra del director estadounidense Sidney Lumet, recordado por películas como "12 hombres en pugna", "Sérpico", "Tarde de perros" y muchas más.

Existe un segundo movimiento en la obra de Sidney Lumet que complementa y profundiza la lectura política de su filmografía. Si gran parte de sus películas pueden entenderse como una investigación sobre la fragilidad de las instituciones democráticas y los mecanismos colectivos de producción de verdad, existe otra constante igual de persistente: la convicción de que toda estructura social depende finalmente de decisiones éticas individuales.

En Lumet nunca existe corrupción abstracta. Nunca hay sistemas que fracasan por sí solos. Detrás de cada crisis institucional siempre aparece una pregunta anterior y más incómoda: ¿qué ocurre cuando los individuos dejan de asumir las consecuencias morales de sus actos?

A diferencia de otros directores políticos norteamericanos, Lumet nunca depositó su confianza en grandes transformaciones estructurales. Su verdadero territorio dramático siempre fue el individuo enfrentado a decisiones éticas irreversibles.


Esta preocupación aparece desde sus primeras películas y permanece intacta hasta su obra final.

En 12 Angry Men (12 hombres en pugna 1957) el personaje interpretado por Henry Fonda no representa simplemente la racionalidad democrática. Representa algo anterior a la política: la responsabilidad moral de negarse a participar en una injusticia colectiva. El jurado entero quiere resolver rápidamente el caso. Todos desean volver a sus casas. Pero un solo hombre decide aceptar el costo ético de interrumpir el consenso. La película demuestra que la democracia no comienza en las instituciones. Comienza en individuos capaces de sostener convicciones aun cuando el entorno exige obediencia.

Lumet vuelve sobre este problema de manera más brutal en Serpico (Serpico 1973). Frank Serpico no es presentado como héroe clásico. Es un hombre atrapado dentro de una institución policial que ha normalizado la corrupción. La  verdadera tragedia no reside únicamente en el sistema corrupto sino en el hecho de que casi todos los demás policías aceptan convivir con esa corrupción porque hacerlo resulta funcional a su supervivencia cotidiana.

Aquí Lumet introduce uno de sus temas centrales: la ética siempre tiene costos materiales. Ser ético implica perder algo. Seguridad. Pertenencia. Comodidad. Protección colectiva. Serpico no lucha solamente contra policías corruptos.

Lucha contra una comunidad que considera inmoral cualquier intento de preservar integridad individual.

En The Verdict (Será Justicia1982), Lumet vuelve a preguntarse si una institución degradada puede recuperar su legitimidad. El abogado Frank Galvin no libra únicamente una batalla judicial; enfrenta una decisión ética. Tiene la posibilidad de aceptar un acuerdo conveniente, pero comprende que hacerlo implicaría renunciar a la verdad. En una sociedad donde el poder económico, las corporaciones y las propias estructuras judiciales parecen inclinar la balanza, Lumet sostiene una idea profundamente democrática: la justicia no depende exclusivamente de las leyes, sino de personas dispuestas a asumir el costo de defenderlas. La integridad moral de un solo individuo puede convertirse, todavía, en el punto de partida para restaurar la credibilidad de una institución.

La culminación de esta obsesión aparece en su última película, Before the Devil Knows You’re Dead (Antes que el Diablo sepa que estás muerto 2007).

Aquí prácticamente no quedan instituciones visibles. No hay tribunales. No hay policía como estructura narrativa central. Solo existe una familia descomponiéndose internamente.

Dos hermanos planean un robo aparentemente simple que termina desencadenando una cadena irreversible de destrucción.

Lo extraordinario es que Lumet, al final de su carrera, parece reducir toda su filosofía a una constatación brutal:

Ninguna acción ética desaparece sin dejar consecuencias.

Cada pequeña traición produce efectos que exceden completamente la voluntad inicial del sujeto. Cada acto inmoral altera toda la red humana que rodea al  individuo. La Conciencia negada vuelve como Tragedia.

En esta película final Lumet abandona completamente cualquier ilusión institucional. Ya no pregunta cómo salvar a la democracia. Formula una pregunta todavía más elemental:

¿Qué queda de una comunidad cuando los individuos dejan de reconocer límites morales internos?

Vista en conjunto, la obra completa de Lumet parece sostener una hipótesis extremadamente consistente.

La democracia necesita instituciones para producir verdad. Pero esas instituciones solo funcionan mientras existan individuos capaces de sostener compromisos éticos aun cuando hacerlo implique sacrificio personal.

Cuando desaparece esa disposición interior, toda estructura colectiva comienza inevitablemente a degradarse.

Este es probablemente el aspecto más contemporáneo de Lumet.

Durante gran parte del siglo XX las sociedades occidentales confiaron en que las instituciones podían regular comportamientos humanos.

Pero Lumet entendió algo incómodo. Las instituciones no producen ética.

Son las decisiones éticas individuales las que sostienen a las instituciones.

Cuando esas decisiones desaparecen, ninguna arquitectura legal o política puede impedir el deterioro colectivo.

Por eso toda su filmografía puede leerse como una larga meditación sobre la responsabilidad.

No importa si se trata de un jurado popular, un policía, un periodista, un abogado o una familia común.

Lumet siempre vuelve al mismo núcleo.

Toda civilización depende de individuos capaces de aceptar que actuar correctamente tiene consecuencias. A veces insoportables.

La crisis de una sociedad nunca comienza cuando sus leyes dejan de funcionar.

Comienza cuando sus ciudadanos descubren que resulta más rentable abandonar sus principios que defenderlos.

En ese sentido Sidney Lumet filmó algo mucho más profundo que la política.

Filmó la fragilidad moral sobre la cual descansa toda comunidad humana.

En una época en la que delegamos decisiones en algoritmos, en la que la inteligencia artificial recomienda, clasifica, selecciona e incluso puede conducir sistemas de armas capaces de matar, la pregunta es: ¿En qué momento comenzamos a aceptar que las consecuencias de nuestras decisiones podían ser atribuidas a una máquina, a un procedimiento o a un sistema?

Toda la obra de Sidney Lumet parece volver una y otra vez sobre esa misma advertencia: ninguna institución, ninguna tecnología y ningún algoritmo pueden reemplazar el juicio moral de una persona. Cuando una sociedad renuncia a ejercerlo, no solo pierde la verdad; pierde también la capacidad de hacerse responsable de sí misma.

Quizá por eso el cine de Lumet resulta hoy más actual que nunca. Nos recuerda que las democracias no mueren únicamente por la corrupción o la mentira. También pueden extinguirse cuando los ciudadanos dejan de asumir las consecuencias de sus propios actos y aceptan vivir protegidos por la comodidad de delegar su conciencia. Ese es el terreno donde, históricamente, siempre han prosperado los autoritarismos.

Siempre Farmacias.